CAMINOS HACIA EL ALMA
Parashat Devarim
LA TRAMPA DE LA ALIMENTACIÓN EMOCIONAL
Los jóvenes de la
ieshivá estaban sentados en un banco del parque público, conversando.
Naturalmente, cada uno trataba de mostrarse como un interlocutor interesante,
alguien ingenioso y con amplios conocimientos.
Entre los que estaban
allí se encontraba también Iosi, escuchando en silencio. De repente, uno
de los integrantes del grupo comenzó a burlarse de él. Gran parte de lo que
decía era, en realidad, cierto: Iosi efectivamente tenía esas debilidades
particulares.
Iosi sintió cómo
aquellas palabras lo atravesaban, tocando un punto sensible en lo profundo de
su alma. Su rostro adoptó una expresión de dolor, lo que no hizo más que
intensificar las burlas. Los que estaban allí se mofaban de él:
—¡Miren qué hombre! ¡Le
dices apenas unas palabras y se ofende como una niña!
Iosi sintió como si
algo dentro de su corazón se hubiera oscurecido. Sin decir una palabra, se
levantó y regresó a su casa.
Cuando llegó, fue
directamente al refrigerador y sacó una barra de chocolate. Pero incluso
después de terminarla, su espíritu herido no se había calmado. Solo después de
llenar su estómago con pasteles, bocadillos y frutos secos, hasta el punto de
que casi no podía soportarlo, Iosi logró finalmente poner fin a aquel ataque de
hambre.
Se sentó en el sofá y,
por segunda vez aquella noche, sintió como si su alma se estuviera desmoronando
por dentro.
—¿Qué me ha sucedido?
¿Cómo llegué a un estado tan terrible, hasta perder el control sobre mi deseo
de comer?
Sus pensamientos se
agitaban en su interior. Le dolía la cabeza y, finalmente, se quedó dormido.
A la mañana siguiente,
después de la plegaria de Shajarit, se levantó y fue a ver a su rabino.
El rabino escuchó
atentamente su relato y le dijo:
—El fenómeno que
experimentaste ayer se llama alimentación emocional: comer con el único
propósito de calmar la emoción negativa que surgió dentro de ti.
Es una forma de escapar
de la realidad, pero es una huida que no aporta ningún beneficio verdadero. El
sentimiento negativo permanece y, a menudo, incluso se vuelve más intenso,
hasta el punto de añadir amargura incluso al alimento que, en sí mismo, podría
ser beneficioso.
La próxima vez que te
suceda algo tan desagradable como esto, trata de encontrar otra manera de
afrontarlo. [1]
—Y quiero decirte algo
más —Tú vives en la Tierra Santa, la Tierra de Israel —continuó el
rabino—. Si realmente fueras capaz de alegrarte y agradecer sinceramente a Dios
por este privilegio, merecerías que la propia tierra influyera sobre ti con su
santidad. Como resultado, te librarías de este fenómeno que tanto te perturba: la
alimentación emocional.
—Rabí, no entiendo.
En respuesta, el rabino
abrió la sagrada obra Likutei Moharán (Primera Parte, enseñanza 47) y
leyó:
—Acerca de la Tierra de
Israel está escrito: «Una tierra en la que comerás pan sin pobreza; nada te
faltará en ella» (Deuteronomio 8:9).
Es decir, la «tierra»
representa la cualidad de la verdad. Cuando una persona está conectada con
la verdad, experimenta una iluminación del rostro y no busca entregarse a
placeres y excesos.
Por eso, «comerás
pan sin pobreza»: no porque viva en privación o carezca de algo, sino
porque elige comer simplemente pan en lugar de manjares. Al estar apegado a la
verdad, se libera del deseo compulsivo por la comida y elige únicamente aquello
que necesita para sustentarse.
Por esta razón, la
Tierra de Israel es llamada «la tierra de la vida», pues su influencia
proviene del atributo de Emet, la Verdad de Iaakov, acerca de quien se
afirma: «Nuestro patriarca Iaakov no murió» (Taanit 5b). Esta cualidad
también está relacionada con los tefilín, que asimismo son llamados
«vida».
—De aquí se desprende
—continuó el rabino— que la santidad que resplandece en la Tierra de Israel es
tan grande que, por medio de la luz que allí se revela, un judío puede
despojarse de todos los aspectos burdos de la materialidad. Se convierte, por
así decirlo, en un ser más espiritual, hasta el punto de que los asuntos
relacionados con comer y beber le resultan extraños.
»Aunque estuviera
rodeado de todos los manjares del mundo, no les prestaría atención. Para
mantenerse, le bastaría con una pequeña porción de pan.
»La santidad de la
Tierra de Israel es tan grande que una persona puede liberarse por completo del
deseo compulsivo por la comida. Su alimentación pasa a ser únicamente leshem
Shamaim, por amor al Cielo.[2]
—Rabí —preguntó Iosi—,
¿qué significa realmente comer leshem Shamaim, por amor al Cielo?
—Es una buena pregunta.
Pero antes de responderla, debemos introducir un concepto importante [3]
De Adam a Abraham
La Guemará (Ievamot
77a) declara:
Ravá explicó: ¿Cuál es
el significado del versículo:
«Muchas cosas has
hecho Tú, Hashem, Dios mío: Tus maravillas y Tus pensamientos hacia nosotros» (Salmos 40:6)?
No dice «hacia mí»,
sino «hacia nosotros». Esto enseña que Rejavam estaba sentado
sobre las rodillas de David, y David le dijo:
—Estos dos versículos
fueron dichos tanto acerca de mí como acerca de ti.
Antes de explicar las
palabras de la Guemará, debemos introducir primero un concepto fundamental.
El «pecado
primordial» se refiere al pecado de Adam, el primer hombre, junto con
Javá, su esposa, cuando fueron inducidos a pecar por la serpiente; un
acontecimiento que está completamente más allá de nuestra comprensión.
Como consecuencia de
aquel pecado ocurrió algo terrible. La inmensa alma contenida en Adam se quebró
y se dividió en tres partes:[4]
Una parte ascendió a
lo Alto, otra permaneció dentro de él —pues continuó viviendo— y la tercera cayó
a las profundidades de las kelipot.[5]
Adam fue expulsado del Gan
Eden y se estableció en el mundo. En poco tiempo, la humanidad se extendió
por toda la tierra.
En la generación de Enosh,
nieto de Adam, las personas comenzaron a rendir culto a los ídolos. En
pocos años, el mundo entero cayó bajo el dominio de fuerzas de impureza y
crueldad que sometieron a la humanidad.
Durante 1.948 años,
el mundo permaneció sumido en la oscuridad, hasta que el alma de Abraham
Avinu, nuestro patriarca Abraham, llegó al mundo.
Abraham cumplió
fielmente su misión. A lo largo de toda su vida se dedicó a quitar el velo de
ceguera de los ojos de las personas y a revelar a todos que Hashem es Dios.
Las fuerzas de la
impureza se enfurecieron contra él.
—¿Qué se cree que está
haciendo? ¿¡Piensa hacer que el mundo entero retorne en teshuvá!?
Le hicieron la guerra,
pero finalmente Abraham triunfó sobre ellas.[6]
Centremos nuestra
atención en uno de esos episodios.
Abraham tenía setenta
y cinco años cuando Dios se le reveló y le dijo:
«Vete de tu tierra,
de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te
mostraré»
(Génesis 12:1).
Abraham obedeció. Junto
con su sobrino Lot, salió de Jarán y emprendió el viaje hacia la Tierra
de Israel.
Sin embargo, cuando
llegaron, encontraron una grave hambruna en la tierra.
Por lo tanto,
descendieron a Egipto.
Cuando Abraham se
acercaba a Egipto, comprendió el peligro que los aguardaba. Los egipcios eran
corruptos; cuando vieran a su esposa Sará, lo matarían a él y se la
llevarían al Faraón.
Por eso le dijo:
—Sará, por favor, di
que eres mi hermana, para que yo pueda permanecer con vida.
Lot escuchó esta
conversación. De repente surgió dentro de él un susurro venenoso:
—Lot, ve y dile al
Faraón que Sará es la esposa de Abraham. Quizás puedas sacar algún beneficio de
ello...
Pero Lot logró vencer
aquel poderoso impulso que las fuerzas de la impureza habían despertado en su
interior. Permaneció en silencio y se contuvo por completo.
Dios registró ante Él
este acto de autocontrol.
Finalmente, Abraham y
Sará fueron salvados de las manos del Faraón y regresaron a la Tierra de Israel
con grandes riquezas.
Se establecieron
nuevamente en la tierra.
Lot enviaba sus rebaños
a pastar en campos que pertenecían a otras personas.
Día tras día, los
habitantes de la tierra veían lo que ocurría y acudían a Abraham para quejarse
de los pastores de Lot.
Abraham le dijo a Lot:
—¿Qué es esto que has
hecho conmigo, haciendo que los habitantes de la tierra me desprecien al
permitir que tus pastores hagan pastar sus rebaños en campos ajenos? Sabes que
yo habito aquí como extranjero entre los cananeos. ¿Por qué les haces esto?
Día tras día Abraham
reprendía a Lot, pero Lot no escuchaba y continuaba comportándose como antes.
Los habitantes volvieron a denunciar lo sucedido.
Finalmente, Abraham le
dijo:
—¿Hasta cuándo serás
causa de conflicto entre los habitantes de la tierra y yo? Que no haya
contienda entre nosotros, pues somos hermanos. Sepárate de mí y elige el lugar
que desees para vivir con tus rebaños, pero aléjate de mí.
Lot alzó sus ojos hacia
la llanura del Jordán y vio que toda aquella región estaba bien irrigada y era
fértil.
Se separó de Abraham,
instaló allí sus tiendas y se estableció en Sodoma.
Poco tiempo después
estalló una gran guerra. Kedorlaómer, rey de Elam, y sus aliados
conquistaron Sodoma y se llevaron cautivo a Lot.
En aquel momento,
Abraham habitaba en las planicies de Mamré, dedicado a su sagrado servicio. De
repente llegó un fugitivo y le contó lo que había sucedido, tal como dice el
versículo:
«Llegó el fugitivo y
se lo contó a Abram, el hebreo»
(Génesis 14:13).
Abraham cumplió
inmediatamente su promesa. Junto con su siervo Eliezer, persiguió al
enemigo, lo derrotó y rescató a Lot.
Después de la victoria,
Lot le dijo a Abraham:
—Gracias por todo,
querido tío. Regreso a vivir a Sodoma.
Lot volvió a
establecerse en Sodoma. Se casó con una mujer de aquella ciudad y tuvo cuatro
hijas.
Para ganarse la vida,
Lot estableció un negocio, y su vida transcurría tranquilamente.
Cuarenta y dos años
después, tres ángeles llegaron para visitar a Abraham.
Después de la visita de
los ángeles, Dios le reveló a Abraham:
—Abraham, como sabes,
los habitantes de Sodoma han ignorado sistemáticamente la caridad. Ha
llegado el momento de que rindan cuentas por ello.
Abraham se acercó a
Dios, como dice el versículo:
«Y Abraham se acercó
y dijo...»
(Génesis 18:23).
Rashi explica que la
palabra «se acercó» incluye tres formas de acercamiento: confrontación,
apaciguamiento y plegaria.
Abraham rezó para que
Sodoma fuera perdonada, pero su plegaria no fue aceptada. Se decretó la
destrucción de la ciudad.
Sin embargo, mientras
el atributo del juicio ardía con toda su fuerza, aparecieron dos chispas de
mérito, y gracias a ellas Lot y su familia fueron salvados.
Estas fueron:
1. El silencio de
Lot, cuando no
reveló al Faraón que Sará era la esposa de Abraham.
2. La plegaria de
Abraham por Sodoma,
que surgió de lo más profundo de su corazón puro y que, finalmente, trajo la
salvación a la familia de Lot.
Lot, su esposa y sus
dos hijas huyeron de Sodoma. Detrás de ellos estallaban llamaradas de fuego,
una enorme columna de humo se elevaba hacia el cielo y un estruendo
ensordecedor resonaba a lo lejos.
La esposa de Lot miró
hacia atrás y se convirtió en una columna de sal.
Lot y sus hijas
llegaron a una cueva en las montañas y se refugiaron allí.
Las hijas hablaron
entre ellas. La mayor dijo angustiada:
—El mundo entero se ha
incendiado. Todo ha sido destruido, ya no queda nadie, y nosotras no tenemos
hijos. Démosle vino a nuestro padre para beber y tengamos descendencia de él.
La menor preguntó:
—¿Vino? ¿Aquí? ¿En esta
cueva oscura?
Pero mientras hablaba,
vieron que el vino brotaba de la propia tierra de la cueva.[7]
La primera noche, la
hija mayor dio vino a su padre, y de aquella unión nació Moav.
La segunda noche, la
hija menor hizo lo mismo, y de aquella unión nació Amón.
La hija mayor eliminó
todo rastro de vergüenza y llamó a su hijo Moav, que significa: «de
mi padre».
Antes de continuar, es
necesaria una introducción más...
Las almas ocultas dentro de las Kelipot
El Arizal
escribe (Shaar HaGuilgulim, Introducción 15) lo siguiente:
«A causa del pecado de
Adam, almas cayeron a las profundidades de las kelipot».
¿Qué son las kelipot?
Son los residuos de
impureza y desecho que se separaron de la santidad durante la «muerte de los
reyes de Edom».[8] Por
esta razón, estas kelipot son llamadas «el reino de la muerte».
La santidad, en cambio,
es descrita como «el Dios viviente y Rey eterno». Por esta razón, las
kelipot persiguen a la santidad, que es llamada «vida», con el propósito
de extraer de ella vitalidad.
Mientras la santidad
permanece dentro de ellas, las kelipot reciben de ella su sustento. Pero cuando
la santidad está ausente, carecen de vitalidad y de flujo de vida.
Por eso, las kelipot
persiguen constantemente a la santidad y provocan que el alma sagrada de la
persona tropiece. Cuando un alma cae bajo su dominio, ellas se alimentan y
reciben sustento de ella.
Como hemos mencionado,
después del pecado de Adam, grandes y elevadas almas cayeron bajo el dominio de
la kelipá, y son precisamente esas almas las que proporcionan vitalidad
a las kelipot.
Por esta razón, las
kelipot luchan con todas sus fuerzas para mantener esas almas bajo su dominio,
a fin de continuar viviendo y sustentándose a través de ellas.
Cuando se trata de un
alma de valor excepcional, ellas [las kelipot, las fuerzas de
impureza] no permiten que escape de sus garras. Todo su propósito es profanarla
y corromperla de todas las maneras posibles, para que permanezca ligada a
ellas.
A veces temen que un
gran tzadik realice una mitzvá poderosa y, de ese modo, extraiga
esa alma de su dominio, atrayéndola hacia su propia descendencia. Y cuando ven
a una persona completamente corrupta, se esfuerzan enormemente y presentan
acusaciones ante Dios, procurando que esa alma sea colocada en la descendencia
impura de aquella persona, para que de esta manera el alma se degrade aún más
que antes...
Pero Dios «trama
medios para que nadie sea definitivamente rechazado», especialmente cuando
se trata de un alma pura y elevada. Por eso, permite que el plan de las kelipot
siga adelante. El alma efectivamente entra en aquel lugar corrupto, pero
Dios la ayuda.
Entonces, el alma se
sacude el polvo de su pecado y de su impureza, y se refina a sí misma mediante
sus buenas acciones, como una perla que es lavada hasta quedar limpia y
revela ante todos su resplandor.
De esta manera, no solo
el alma misma alcanza su rectificación (tikún), sino que incluso los
padres que la trajeron al mundo pueden adquirir mérito gracias a ese hijo y retornar
en teshuvá.
Así, Dios burla y
supera la estrategia de las kelipot, pues Él:
«Trama medios para
que nadie sea definitivamente rechazado».
Un gran tesoro que Dios
estableció en Su mundo es la Casa Real de David —Maljut Beit David—. Su
raíz se encuentra en dos almas: el rey David y su descendiente Rejavam
(Roboam), y ambas almas cayeron bajo el dominio de las kelipot.
Pero después del
episodio de las hijas de Lot, Dios logró engañar a las kelipot: el
alma del rey David entró en Moav, mientras que el alma de su
descendiente Rejavam entró en Amón.
Después de esta
introducción, podemos continuar.
Los dos pecados de Amón y Moav
Pasaron siglos desde
aquel episodio de las hijas de Lot.
El pueblo judío había
descendido a Egipto, fue redimido de allí y vagó por el desierto durante
cuarenta años.
En el cuadragésimo año
llegaron a la frontera de Amón y Moav. Allí, Dios se reveló a Moshé y le
ordenó que no librara guerra contra Amón y Moav.
Como está escrito en
nuestra parashá, Parashat Devarim:
«Hoy pasarás por la
frontera de Moav, por Ar. Cuando te acerques a los hijos de Amón, no los
hostigues ni los provoques a la guerra, porque no te daré posesión alguna de la
tierra de los hijos de Amón, pues se la he dado como herencia a los hijos de
Lot».
(Devarim 2:18-19)
El Rambán
escribe allí (Devarim 23:5) que al pueblo judío se le había advertido que no
los atacara —«no los hostigues ni los provoques»—, pero Amón y Moav deberían
haber recibido al pueblo judío con pan y agua. Sin embargo, no lo hicieron.
Este fue el pecado que
compartieron ambas naciones.
Además de este pecado, Moav
cometió otra grave transgresión: contrataron al hechicero Bilam,
pagándole generosamente para que maldijera al pueblo judío.
Así, Amón cometió un
pecado, mientras que Moav cometió dos.[9]
A causa de estos
pecados, Dios los distanció del pueblo judío por todas las generaciones, como
está escrito en Parashat Ki Tetzé:
«No entrará amonita ni
moabita en la congregación de Hashem; ni siquiera la décima generación entrará
jamás en la congregación de Hashem, porque no salieron a vuestro encuentro con
pan y agua en el camino, cuando salisteis de Egipto, y porque contrataron
contra ti a Bilam, hijo de Beor, de Petor, en Aram Naharáim, para maldecirte».
(Devarim 23:4-5)
Pasaron nuevamente
muchos años...
Cómo el rey David emergió de las kelipot
Después del
fallecimiento de Moshé, el liderazgo pasó a Iehoshúa y a los
ancianos. Más tarde llegó la época de los Jueces, un período que duró
365 años, hasta que Shaúl fue coronado rey.
El segundo de los
jueces fue Ehud ben Guerá. En su época, el rey de Moav era Eglón.
Eglón tenía una hija llamada Rut.[10]¹⁰
Desde su juventud, Rut
la moabita buscó la verdad espiritual. Cuando conoció el judaísmo, se
convirtió y contrajo matrimonio con Boaz. Tuvieron un hijo, al que
llamaron Oved.
Oved creció, se casó y
tuvo un hijo llamado Ishai.
Ishai se casó con Nitzévet,
hija de Adael, y tuvieron siete hijos. Un día, Ishai reflexionó sobre el
versículo:
«Un amonita o un
moabita no entrará en la congregación de Hashem».
(Devarim 23:4)
Se estremeció.
—Mi abuela Rut era
moabita —pensó—. **¿Y si acaso mis hijos no son aptos para entrar en la
congregación?**[11]¹¹
Por ello, Ishai buscó
asegurarse de que al menos uno de sus hijos estuviera, sin ninguna duda,
autorizado para casarse con una hija de Israel.
Separó para sí a una sierva,
con la intención de liberarla posteriormente, de modo que cualquier hijo que
naciera de esa unión fuera, sin lugar a dudas, considerado apto.
Ishai
llamó entonces a la sierva y le dijo:
«Prepárate,
pues tengo la intención de liberarte y tomarte como esposa».
La sierva fue entonces
a ver a la esposa de Ishai y le dijo:
«¡Sálvate a ti
misma, sálvame a mí y salva a mi amo del Guehinom!»
—¿Qué quieres decir?
—preguntó ella.
La sierva le explicó
todo. La esposa de Ishai respondió:
«¿Qué puedo hacer?
Mi marido lleva tres años separado de mí».
La sierva respondió:
«Tengo una idea.
Adórnate y entra en mi lugar, mientras yo me aparto».
Y así sucedió.
Ishai, que era un
hombre santo y justo, no advirtió el intercambio y creyó que la mujer que estaba con él era la
sierva.
Las fuerzas de la
impureza se regocijaron.
**«¡Este es el caso
perfecto de un hijo de sustitución!»**[12]¹²
Y como consideraban que
semejante unión estaba profundamente mancillada, aceptaron liberar el alma
de David, que había permanecido cautiva entre ellas desde el pecado de
Adam.
Recordemos lo que
explicamos anteriormente.
A causa del pecado de Adam,
almas sagradas cayeron bajo el dominio de las kelipot. Una de esas almas
era el alma de David, rey de Israel. Puesto que se trataba de un alma
elevada y poderosa, las kelipot la custodiaban cuidadosamente e impedían que
descendiera al mundo.
Durante muchos años, el
alma de David permaneció cautiva. Entonces llegó el momento de su redención.
A través del episodio
de la «identidad equivocada» relacionado con Ishai, el alma de David
finalmente pudo liberarse de las garras de las kelipot.
En el año 2854 desde
la Creación, nació un niño de Ishai y Nitzévet, hija de Adael, y lo
llamaron David.[13]
David fue la raíz de la
Casa Real de David.[14]
Sin embargo, debido a que su alma entró por primera vez al mundo a través de Moav,
la impureza asociada con Moav le impidió establecer de inmediato y con firmeza
su reino. Por lo tanto, David tuvo que rectificar aquella impureza, es
decir, el aspecto de corrupción relacionado con la monarquía de la Casa de
David.[15]
El gran cabalista Rabí
Menajem Azariá de Fano escribe (Maamar Ha’Itim, cap. 20) que David
debía rectificar tres defectos específicos:
- La
desvergüenza de la hija de Lot, que llamó a su hijo Moav.
- El
pecado de Moav al no salir al encuentro del pueblo judío con pan y agua.
- El
pecado de Moav al contratar a Bilam ben Beor para maldecir al
pueblo judío.
Y fue el rey David
quien comenzó esta labor de rectificación.
La rectificación a través de la humillación
El primer defecto que
el rey David rectificó fue el pecado relacionado con la hija de Lot que
llamó a su hijo Moav.
Aquel pecado contenía
dos aspectos:
La vergüenza que
causó a su padre, y
la profanación del Nombre de Dios que resultó de ello.
Por consiguiente, para
rectificar el aspecto de la vergüenza, David, a lo largo de toda su vida
—desde el día de su nacimiento hasta el momento de su fallecimiento—,
soportó humillaciones y desprecios sin medida.
Y para reparar el
aspecto de la profanación del Nombre de Dios, David realizó la rectificación
correspondiente: a lo largo de toda su vida llenó el mundo de cánticos y
alabanzas al Creador.
Cuando David, hijo
de Ishai, tenía veintinueve años, Shmuel lo ungió como rey. Pero
debido a que esta unción tuvo lugar mientras Shaúl todavía reinaba,
surgió un conflicto entre ellos, y Shaúl comenzó a perseguir a David.
Ionatán, hijo de Shaúl, comprendió el plan
Divino que subyacía en el reinado de David. Por eso se humilló ante David y le
dijo:
«No temas, porque la
mano de Shaúl, mi padre, no te alcanzará. Tú reinarás sobre Israel, y yo seré
segundo después de ti; y aun Shaúl, mi padre, sabe esto».
*(I Shmuel 23:17)*[16]
Sin embargo, como Shaúl
continuaba persiguiendo a David, Ionatán le insistió que huyera. David aceptó
su consejo y se preparó para escapar.
Antes de que David
partiera, Ionatán fue a acompañarlo. Pero cuando se separaron, Ionatán no le
dio provisiones para el camino.
David partió hambriento
y sediento, hasta el punto de encontrarse en peligro de muerte.[17]
Al separarse de Ionatán
sin siquiera tener pan para el camino, David expió el pecado que Moav
había cometido cuando no salieron al encuentro del pueblo judío con pan y
agua.
Pasaron los años.
David tenía ya sesenta
y siete años y se acercaba al final de su vida. Su hijo Avshalom se
rebeló contra él. Con una acción rápida y audaz, Avshalom tomó el palacio y se
sentó en el trono real.
David huyó a pie,
acompañado solamente por un pequeño grupo de seguidores leales.
Mientras escapaban,
pasaron junto a la casa de un hombre temible: Shimi ben Guerá. Shimi
salió a su encuentro y comenzó a maldecir y humillar a David.
Los sabios del Zóhar
revelan (Mishpatim 107b) que, aunque David llevaba mucho tiempo
acostumbrado a sufrir insultos y enemigos —como él mismo dijo:
«Más numerosos que
los cabellos de mi cabeza son quienes me odian sin causa»
(Tehilim 69:5)—
el dolor que sintió por
la humillación de Shimi fue diferente de todo lo que había experimentado
hasta entonces.
Avishai ben Tzeruiá le dijo a David:
«¿Por qué ha de
maldecir este perro muerto a mi señor, el rey? Déjame pasar y le cortaré la
cabeza».
(II Shmuel 16:9)
Pero la respuesta de
David quedó grabada para siempre en la estructura espiritual de los mundos:
«El rey dijo: ¿Qué
tengo yo con ustedes, hijos de Tzeruiá? Déjenlo que maldiga, pues Hashem le ha
dicho: “¡Maldice a David!”».
(ibid., v. 10)
El santo Rabí Shneur
Zalman de Liadí, el Alter Rebe, explica (Tania, Igueret HaKodesh
25):
La culminación de la rectificación
El pensamiento que
entró en la mente de Shimi —salir y maldecir a David delante de todos
sus hombres— provenía de Dios. El aliento Divino que da vida a todas las
criaturas sostuvo a Shimi en aquel preciso momento mientras pronunciaba
aquellas palabras. Si esa fuerza vital lo hubiera abandonado siquiera por un
instante, no habría podido pronunciar una sola palabra.
Como David creía con fe
absoluta que Shimi no era más que un instrumento de la Providencia
Divina, lo perdonó de todo corazón.
Y al aceptar con amor
la maldición de Shimi, David rectificó la mácula creada cuando Moav contrató
a Bilam ben Beor para maldecir a Israel.
Una vez completada la
rectificación de Moav, llegó el momento de rectificar a Amón.
El libro Peninei
HaRema MiFano, de Rabí Menajem Azariá de Fano, explica, basándose en
Ievamot 77a:
Aunque Ionatán, hijo
de Shaúl, deseaba servir como segundo de David, esto no llegó a concretarse
durante la vida de David debido a la mácula que aún permanecía relacionada con las
hijas de Lot, de quienes finalmente procedería la Casa de David.
La rectificación
todavía no estaba completa, y esto impidió que David tuviera un segundo al
mando.
Pues aunque David mismo
rectificó lo correspondiente a la hija mayor de Lot —de quien descendió
Moav—, todavía permanecía la mácula relacionada con la hija menor, de
quien descendió Amón.
Por lo tanto, la
rectificación de Amón se desarrolló de una manera diferente...
La culminación de la
rectificación
Cuando el rey David
tenía ochenta y cinco años, él y su esposa Bat Sheva tuvieron un
hijo, al que llamaron Shlomó.
El alma de Shlomó
anhelaba intensamente la Torá y la sabiduría.
Las brasas de su amor
por Dios ardían en su interior como un fuego abrasador. Su corazón permanecía
encendido de devoción durante todo el día, y cuanto más Torá estudiaba, más
aumentaban su amor y su sed por la palabra de Dios.
Al principio, Shlomó
estudiaba Torá con Shimi ben Guerá. Más tarde, cuando Shimi perdió el favor
de la Casa de David, su padre lo confió al profeta Natán, para que le
enseñara y lo guiara adecuadamente.
Sin embargo, incluso
esta fuente de alimento espiritual pronto resultó insuficiente para Shlomó. Ni
siquiera su padre podía satisfacer plenamente su anhelo por la palabra de
Hashem.
Tan grande era su deseo
de Torá que ayunó durante cuarenta días, hasta que las puertas de la
Torá se abrieron para él.
Cuando tenía diez años,
se casó con Naamá, de la nación de Amón —Naamá la amonita—. A los once
años tuvieron un hijo, al que llamaron Rejavam.
El rey David, que
entonces tenía sesenta y nueve años, tomó a Rejavam en sus brazos y
sonrió.
«Por fin —dijo—, el
proceso de rectificación de las dos hijas de Lot ha llegado a su culminación».
Esto explica la
afirmación de la Guemará (Ievamot 77a):
Ravá explicó: ¿Cuál es el significado del
versículo:
«Muchas cosas has
hecho Tú, Hashem, mi Dios: Tus maravillas y Tus pensamientos hacia nosotros»?
(Tehilim 40:6)
No dice «hacia mí»,
sino «hacia nosotros».
Esto enseña que Rejavam
estaba sentado sobre las rodillas de David, y David le dijo:
«Estos dos
versículos fueron dichos acerca de mí y de ti».
David rectificó a
Moav, y Rejavam rectificó a Amón.
Rashi enfatiza este
punto y escribe:
De Naamá, la madre
de Rejavam, descendieron todos los reyes de la Casa de David.
Rabí Menajem Azariá
de Fano escribe además (Maamar Ha’Itim, cap. 20) que, debido a que
la mácula relacionada con Amón no era tan grave, los reyes que
descendieron de aquel linaje no necesitaron atravesar una lucha espiritual tan
inmensa como la de David.
Asá persiguió la
rectitud; Iehoshafat buscómisericordia mediante la plegaria, y Jizkiahu alcanzó su
elevada estatura espiritual con relativa facilidad.
Pasaron muchos años,
hasta llegar finalmente a la destrucción del Primer Beit HaMikdash.
Los malvados vecinos
de Ierushalaim
La Guemará
(Sanhedrín 96b) relata:
Ula dijo:
«Amón y Moav eran
los malvados vecinos de Ierushalaim».
Cuando oyeron que los
profetas anunciaban la futura destrucción de Ierushalaim, enviaron un mensaje a
Nevujadnetzar —Nabucodonosor—:
«Abandona tu lugar y
ven: marcha contra la Tierra de Israel y conquístala».
Nevujadnetzar
respondió:
«Temo que el Cielo
haga conmigo lo mismo que hizo con quienes vinieron antes que yo».
Se refería a Sanjériv,
cuyo ejército había sido destruido milagrosamente cuando intentó conquistar
Ierushalaim.
Amón y Moav
respondieron citando el versículo:
«Porque el hombre no
está en su casa».
(Mishlei 7:19)
Y explicaron:
«El “hombre” se
refiere a Dios»,
como está escrito:
«Hashem es un hombre
de guerra».
(Shemot 15:3)
Nevujadnetzar
respondió:
«Aunque Él se haya
ido, permanece cerca y puede regresar para salvarlos en el momento de la
desgracia».
Ellos respondieron:
«Ha emprendido un
viaje lejano».
(Mishlei 7:19)
La Guemará continúa
describiendo la persistente persuasión y manipulación mediante la cual
Amón y Moav convencieron a Nevujadnetzar de actuar.
Finalmente, este marchó
contra Ierushalaim, destruyó el Beit HaMikdash, masacró a innumerables
judíos santos y exilió cruelmente a los sobrevivientes a Babilonia.
Así, Amón y Moav
—los malvados vecinos de Ierushalaim— estuvieron entre los principales
causantes de su destrucción.
Rabí Dov Kook escribe (Ilana DeJayei, pág.
9):
Como se explicó
anteriormente, Lot y su familia deberían haber perecido en Sedom. Sin
embargo, había dos méritos que obraron a su favor:
- El
silencio de Lot,
cuando se abstuvo de revelarle al Faraón que Sarai era la esposa de
Abraham.
- La
plegaria de Abraham por Sedom, que surgió de lo profundo de su corazón puro y trajo la salvación
de Lot y de su familia.
Sin embargo, cuando Amón
y Moav incitaron a Nevujadnetzar a hacer la guerra contra el pueblo judío,
socavaron estas dos fuentes de mérito.
Al instar al rey de
Babilonia a atacar a Israel, corrompieron la raíz misma de la salvación
original de Lot, que había ocurrido gracias a su silencio y a haberse
abstenido de perjudicar a Abraham.
Además, el nacimiento
mismo de Amón y Moav tuvo lugar durante aquel rescate. Y aquel rescate
había llegado gracias a la plegaria de Abraham.
Sin embargo, al mostrar
ingratitud y hostilidad hacia el pueblo judío, anularon el mérito de la
intercesión de Abraham en favor de ellos.
De esta manera, Amón y
Moav cortaron el propio cordón del que había dependido originalmente su
salvación.
Por lo tanto, su
destino final fue la destrucción, como está escrito:
«He oído el oprobio
de Moav y los insultos de los hijos de Amón, con los que han injuriado a Mi
pueblo y se han engrandecido contra sus fronteras.
Por eso, vivo Yo
—declara Hashem Tzevakot, el Dios de Israel— que ciertamente Moav será como
Sedom, y los hijos de Amón como Amorá: un lugar invadido por malezas, una mina
de sal y una desolación eterna.
El remanente de Mi
pueblo los saqueará, y el resto de Mi nación los heredará. Esto recibirán a
cambio de su arrogancia, porque se burlaron y se engrandecieron contra el
pueblo de Hashem Tzevakot».
(Tzefaniá 2:8-10)
Así, como consecuencia
de las acciones de Amón y Moav, hemos soportado un largo exilio.
Esto nos obliga a
preguntarnos:
¿Qué podemos hacer
para acelerar la Gueulá, la Redención?
El secreto de la elevación de las chispas
La respuesta se
encuentra en los versículos de nuestra parashá:
«Ordena al pueblo,
diciendo: Ustedes están por atravesar el territorio de sus hermanos, los hijos
de Esav, que habitan en Seír. Ellos tendrán temor de ustedes, por lo tanto,
tengan mucho cuidado... Comprarán de ellos alimento con dinero para que coman,
y también comprarán de ellos agua con dinero para que beban».
(Devarim 2:4-6)
De estos versículos se
desprende que, aunque Dios no permitió al pueblo judío atravesar la tierra de Edom
y el monte Seír, de todos modos les ordenó comprarles alimentos y agua.
Así dice:
«Comprarán de ellos
alimento con dinero para que coman, y comprarán de ellos agua con dinero para
que beban».
A primera vista, esto
requiere explicación:
- El
pueblo judío ya poseía abundante comida y bebida. Entonces, ¿por qué se
les ordenó comprar provisiones de los habitantes de Edom?
- ¿Por
qué el versículo agrega las instrucciones aparentemente obvias «para
que coman» y «para que beban»? Una vez comprados los alimentos
y el agua, es evidente para qué habrían de utilizarlos.
El santo Rabí Tzví
Elimélej de Dinov escribe que, mediante la santidad en el acto de comer,
es posible acercar la Gueulá, la Redención.
Así lo explica en Igrá
DeKalá, Parashat Devarim:
Es bien sabido que todo
el servicio espiritual del pueblo judío consiste en refinar y elevar las
chispas de santidad que se encuentran dispersas entre las naciones.
Cuando este proceso de birur
—refinamiento y selección de las chispas— se complete, las naciones
perderán la vitalidad que reciben de esas chispas y caerán, pues la fuerza
vital que se encontraba en su interior habrá sido extraída.
Este refinamiento se
lleva a cabo, entre otras cosas, a través de los alimentos y las bebidas que
la persona consume.
Cuando una persona come
o bebe con la intención de cumplir la voluntad de su Creador, la chispa
Divina contenida en ese alimento se eleva y retorna a la santidad.
Por eso Dios le dijo a
Israel:
Deben saber que todavía
no ha llegado el momento de heredar la tierra de Edom. Eso ocurrirá únicamente al
final de los días, cuando el proceso de refinamiento de las chispas haya
llegado a su culminación.
Por ahora, vuestra
tarea consiste en extraer y elevar de ellos las chispas de santidad mediante
una alimentación realizada con santidad.
Este es el significado
del versículo:
«Alimento comprarán
de ellos con dinero y comerán».
La expresión «comprarán»
también alude a quebrar: cuando el deseo y el anhelo de una persona son
intensos —la palabra kesef, «dinero», también implica anhelo o deseo—,
debe quebrar ese deseo desmedido.
De esta manera, uno
«quiebra» y separa de ellos la chispa de santidad, y la eleva.
«Y también comprarán
de ellos agua con dinero y beberán»:
Incluso el agua, que
normalmente no despierta un deseo intenso, debe consumirse con medida y
moderación.
La palabra tijrú
—«comprarán»— alude a kor, una medida, indicando que incluso el acto de
beber debe realizarse con moderación.
Mediante esta conducta
—cuando una persona dirige su comida, su bebida y todas sus actividades
mundanas hacia el servicio del Cielo— reúne y eleva las chispas de
santidad dispersas.
Y mediante la elevación
de estas chispas, llegará la Gueulá, la Redención.
Por lo tanto,
hablaremos brevemente acerca del servicio Divino relacionado con la
alimentación.
La santidad al comer
En una enseñanza
pronunciada por mi venerado padre, Rabí Yoram Abargel, de bendita
memoria (Imrei Noam, Parashat Shelaj, discurso 7), dijo lo siguiente:
En Parashat Shelaj,
la Torá ordena:
«Cuando coman del
pan de la tierra, elevarán una porción como ofrenda para Hashem».
(Bamidbar 15:19)
En su sentido simple,
el versículo nos enseña que cuando se amasa la masa para hornear pan, debe
separarse una porción para Dios; es decir, la mitzvá de separar jalá.
Sin embargo, más allá
de su significado literal, el versículo contiene una profunda alusión acerca
del servicio a Hashem.
En el lenguaje de la
Torá, toda comida —incluso una que incluya carne, pescado y otros manjares— es
denominada simplemente «pan», como está escrito:
«Iaacov ofreció un
sacrificio en la montaña e invitó a sus hermanos a comer pan...»
(Bereshit 31:54)
Y Rashi explica allí:
«Todo alimento es
llamado pan».
La razón es que el
pan constituye el fundamento esencial de toda comida y la principal fuente
de saciedad de la persona.
Por consiguiente, el
versículo de nuestra parashá:
«Cuando coman del
pan de la tierra, elevarán una porción para Hashem»
alude a que, cada vez
que una persona se sienta a comer, debe hacerlo con gran santidad.
De esta manera, «eleva»
la comida —terumá, palabra relacionada con elevar—, elevándola
hacia Hashem y transformando algo físico y material en algo espiritual y
sagrado.
Todo alimento, en su
origen, recibe su vitalidad del lado neutral de kelipat noga. Cuando un
judío come con santidad, refina el alimento, separando el elemento
negativo que contiene y elevando lo bueno que hay en él hacia el ámbito de la
santidad.
El primer paso en este
refinamiento consiste en recitar la bendición correspondiente sobre cada
alimento con una intención sincera, de acuerdo con el orden establecido por
nuestros Sabios.
Sin embargo, esto por
sí solo no es suficiente.
Además de recitar las
bendiciones con la intención adecuada, el propio acto de comer debe
realizarse con santidad. Un judío debe ser reconocible como judío no
solamente cuando estudia Torá o reza, sino también cuando se ocupa de
actividades físicas cotidianas, como comer.
Cuando un judío come
tranquilamente y con moderación, sin glotonería ni indulgencia excesiva, se
hace evidente que quien está comiendo es un verdadero judío y no una persona
abandonada a sus impulsos.
Debemos comprender que
la forma en que una persona come ejerce una profunda influencia sobre todo su servicio
a Hashem.
De cada alimento y
bebida que una persona consume se forma sangre en su cuerpo, y de la sangre que
fluye por sus venas el cuerpo obtiene toda su vitalidad, como está escrito:
«Porque la sangre es
la vida».
(Devarim 12:23)
En otras palabras, la
vitalidad física de una persona depende de la calidad de la sangre que
fluye en su interior.
Cuando una persona come
con santidad y, de ese modo, separa el elemento negativo del alimento, su
cuerpo produce una sangre refinada.
Cuando el cuerpo se
nutre de esta sangre refinada, sus inclinaciones materiales, sus deseos y sus
impulsos disminuyen considerablemente, y surge en su interior una fuerte
inclinación hacia los asuntos espirituales.
Por el contrario,
cuando una persona come sin santidad y el elemento negativo contenido en
el alimento permanece sin refinar, se forma en el cuerpo una sangre burda e
impura.
Cuando el cuerpo se
nutre de una sangre semejante, la persona se siente atraída casi por completo
hacia ocupaciones materiales y deseos inferiores. Sus impulsos se
vuelven más fuertes y difíciles de dominar, mientras que su deseo por los
asuntos espirituales —el estudio de la Torá, la plegaria, la tzedaká y otras
mitzvot— se debilita progresivamente.
Cuando una persona come
con santidad, su alimentación le proporciona fuerzas renovadas para servir
a su Creador.[18]
Pero cuando come sin
santidad y, dominada por sus deseos, se llena con excesos y se entrega
desmedidamente al placer, no solo ocurre que los alimentos no le
proporcionan fuerzas para el servicio a Hashem, sino que además le provocan
gran cansancio y pesadez.
Por lo tanto, si una
persona descubre que después de comer se siente dominada por el sueño —que
nuestros Sabios describen como «una sesentava parte de la muerte» (Berajot
57b)— y se siente agobiada por una sensación de letargo, esto puede ser una
señal de que a su manera de comer le falta suficiente santidad.
De aquí se desprende
que una parte considerable del servicio a Hashem de una persona depende
de la santidad con la que come.
Esta idea está
insinuada en las palabras de nuestros Sabios (Pesajim 101a):
«No hay kidush sino
en el lugar de la comida».
En otras palabras,
alcanzar la santidad —kedushá— está íntimamente relacionado con el grado
de santidad que una persona introduce en su comida.
Esto es lo que
significa comer leshem Shamaim —por amor al Cielo—.
Que sea la voluntad de
Hashem que muy pronto tengamos el mérito de presenciar la llegada del
Mashíaj.
Resumen y conclusiones prácticas
1. La avodá de
birurim —el refinamiento de las chispas
Una de las tareas
fundamentales confiadas a cada judío es la avodá de birurim, el trabajo
de refinar y elevar las chispas de santidad dispersas por todo el mundo
material.
Cuando el pueblo judío
complete el refinamiento de estas chispas sagradas, llegará la Gueulá, la
Redención.
2. Las chispas
ocultas en los alimentos
Cuando un judío se
dispone a comer o beber, debe recordar que dentro de esos alimentos se
encuentran ocultas muchas chispas de santidad.
Por esta razón, el acto
de comer debe realizarse con santidad. Una comida no debe ser simplemente un
acto de nutrición física, sino una oportunidad para elevar el propio
alimento, transformando algo material en algo espiritual y santificado.
3. Comer con
santidad refina a la persona
Cuando una persona come
con santidad, separa el elemento negativo contenido en el alimento y obtiene su
vitalidad únicamente de lo bueno que hay en él.
El cuerpo se nutre
entonces de una sangre refinada, lo que debilita los deseos materiales y
fortalece la inclinación de la persona hacia las ocupaciones espirituales.
Esta forma de comer
también proporciona fuerzas renovadas para el servicio a Hashem.
4. El efecto de
comer sin santidad
Por el contrario,
cuando el alimento se consume sin santidad, el elemento negativo que contiene
permanece sin refinar.
El cuerpo se nutre
entonces de una sangre burda e impura, lo que intensifica los deseos materiales
y las inclinaciones inferiores, mientras disminuye el deseo de la persona por el
estudio de la Torá, la plegaria, la tzedaká y otras ocupaciones espirituales.
5. La bendición es
el primer paso
El primer paso para
refinar el alimento consiste en recitar la berajá correspondiente con
concentración y kavaná, de acuerdo con lo establecido por los Sabios de la
Gran Asamblea.
Antes de comer o beber,
la persona debe asegurarse de que el alimento sea kasher, detenerse para
determinar cuál es la bendición correcta, recitarla con calma y atención, y
luego comer con dignidad y buenos modales.
Al finalizar, debe
recitarse también la bendición posterior correspondiente.
6. No basta
solamente con recitar la berajá
Incluso todo esto, por
sí solo, no es suficiente.
El judío debe realizar el
propio acto de comer con santidad. Su identidad judía debe ser evidente no
solamente cuando estudia Torá y reza, sino también en sus actividades físicas
cotidianas, incluida la manera en que come.
7. Comer con calma,
moderación y conciencia
Por lo tanto, se debe
comer con tranquilidad y moderación, no con glotonería ni en exceso.
Se debe consumir la
cantidad necesaria para alcanzar una saciedad adecuada, comiendo con serenidad,
dignidad y plena conciencia de lo que se está haciendo.
Mediante el cuidado de
la kashrut, las bendiciones recitadas con kavaná, y una
alimentación realizada con dignidad y moderación, la persona puede merecer que la
Presencia Divina —la Shejiná— repose sobre ella.
¡Shavua tov!
[1] Más aún: incluso el
hambre verdadera puede ser superada.
En relación con esto, Rabí Shneur Wolf de Berdichev, de bendita
memoria, relató la siguiente historia (Sipurei Niflaot MiGedolei Israel,
relato 42):
En el beit midrash de Rabí Baruj de Mezhibuzh había un joven
erudito de la Torá, temeroso de Dios, que se dedicaba al estudio de la Torá con
todas sus fuerzas.
Desde el día en que se vinculó con Rabí Baruj, su alma se apegó
profundamente a su maestro, y se esforzaba con todas sus fuerzas por «sentarse
al polvo de sus pies». Su maestro, al ver que era un recipiente digno,
correspondió a su afecto y comenzó a llevarlo consigo en todos los viajes que
realizaba.
En una ocasión, mientras regresaba a Mezhibuzh viajando junto a su santo
maestro, comenzaron a surgir ciertos pensamientos en su corazón:
—Por lo que puedo apreciar, Rabí Baruj es incluso más grande que el Baal
Shem Tov, o por lo menos igual a él. Llevo ya varios años cerca del Rebe y
he visto innumerables veces la grandeza de su santidad y rectitud, y cuán
extraordinarias y maravillosas son sus acciones. ¡No es posible imaginar nada
más grande que esto!
Estos pensamientos crecían en su interior como un torrente impetuoso.
Cuando se acercaron a la ciudad, el joven necesitó hacer sus
necesidades. Bajó del carruaje y entró en el bosque cercano. Rabí Baruj indicó
al cochero que continuara el viaje.
Cuando el joven salió del bosque, descubrió que el carruaje ya no
estaba. Así que comenzó a caminar a pie hacia la ciudad. Entretanto, comenzó a
caer una fuerte lluvia, hasta que toda su ropa quedó completamente empapada.
Al entrar en la ciudad, entró en una casa para descansar un poco y
calentarse. Allí vio a un anciano sentado, estudiando Guemará con enorme
concentración. Estaba tan absorto en su estudio que ni siquiera advirtió la
presencia del joven. El joven no se atrevió a acercarse a él.
Después de un rato, el anciano interrumpió su estudio, vio al visitante
y lo saludó.
Le preguntó:
—¿De dónde eres?
El joven respondió:
—Soy de Mezhibuzh y soy discípulo de Rabí Baruj.
El anciano dijo:
—¿Rabí Baruj? Nunca he oído hablar de él.
El joven respondió:
—Es nieto del Baal Shem Tov.
El anciano contestó:
—Al Baal Shem Tov sí lo conocí muy bien. Pero a este nieto suyo no lo
conozco. Te contaré cuán grande era el poder del Baal Shem Tov.
—Cuando el Baal Shem Tov vino a vivir a Mezhibuzh, toda la comunidad
local acudió tras él. Pero yo no tenía ninguna prisa por ir a verlo, porque no
quería interrumpir mi estudio. Yo era un gran matmid, alguien dedicado
constantemente al estudio. Incluso cuando escuchaba a la gente hablar
largamente acerca de su grandeza, de sus maravillas y de sus milagros, seguía
sin querer interrumpir mi estudio para ir a verlo.
—Una noche de sábado, el calor era muy intenso y, después de estar
sentado estudiando, ya no pude soportarlo. Me levanté y salí para respirar un
poco de aire fresco. Mientras caminaba, absorto en mis pensamientos, mis pies
me llevaron cerca de la casa del Baal Shem Tov.
—Me dije: «Voy a entrar y ver a ese hombre de quien todo el mundo
habla». Entré y vi al Baal Shem Tov sentado en su silla, rodeado por un
grupo de mujeres que le contaban sus problemas y las amarguras de sus
corazones, y él respondía a cada una de ellas.
—Aquello no me agradó. Pensé para mis adentros: «¡Ahora es el momento de
Tikún Jatzot y del estudio de la Torá, y él está ocupado con
conversaciones de mujeres y asuntos triviales!».
—Al salir de allí, pasé junto a su beit midrash. Entré y vi a un
hombre de pie frente al atril, derramando su corazón mientras recitaba Tikún
Jatzot. Las palabras brotaban de lo más profundo de su corazón, con una melodía
sagrada y una gran dulzura. Quise ver quién era aquel hombre. Miré su rostro y vi
que ¡era el mismísimo Baal Shem Tov!
—Corrí de regreso al lugar donde estaba el Baal Shem Tov y lo encontré
todavía sentado con las mujeres, exactamente como antes. No podía creer lo que
veían mis ojos. Corrí de un lado a otro: del Baal Shem Tov al beit midrash, y
del beit midrash nuevamente al Baal Shem Tov. Y cada vez encontraba que aquí
estaba sentado con las mujeres y allí, al mismo tiempo, estaba de pie en el
beit midrash recitando Tikún Jatzot con un profundo llanto.
—Quedé completamente asombrado. Entonces comprendí que aquello no era
algo común y que no lo llamaban Baal Shem Tov sin motivo.
—Después de aquello me ocurrió algo terrible. Cada vez que recitaba el
versículo Shemá Israel, aparecía ante mis ojos una imagen impura. Esto
me causaba una enorme angustia. Comencé a realizar ayunos y mortificaciones,
pero nada ayudaba —Al final me vi obligado a acudir a él y contarle todo lo que
me había sucedido.
—Me dijo: «En ese caso, asume sobre ti un ayuno ininterrumpido de Shabat
a Shabat, desde el sábado por la noche hasta el viernes por la noche».
—Regresé a mi casa e hice lo que me había indicado.
—El sábado por la noche no comí nada. El domingo por la mañana, cuando
desperté, el deseo de comer se volvió abrumador y sentí una enorme debilidad.
Pensé que de ninguna manera podría continuar con el ayuno, porque el hambre se
hacía más intensa a cada instante.
—Después de varios minutos de lucha interior, logré dominarme y tomé una
firme decisión: «Aunque muera, no romperé el ayuno».
—En el mismo instante en que acepté plenamente esta decisión en mi
corazón, la sensación de hambre desapareció y me sentí satisfecho como si
hubiera comido una buena comida. Y así sucedía cada día: por la mañana sentía
un hambre voraz, casi hasta el punto de desfallecer; pero una vez que me
contenía y superaba el hambre, esta me abandonaba, en cuanto aceptaba
interiormente incluso la posibilidad de morir de hambre.
—Entonces, el viernes por la noche, cuando comí la primera comida de
Shabat, aquella imagen impura desapareció inmediatamente de mí. Desde
ese momento, mis pensamientos se volvieron claros y puros. Comprendí que todo
aquello había sido obra del santo Baal Shem Tov, y quedé profundamente
apegado a él.
Cuando el anciano terminó su relato, el joven erudito comprendió que su
santo maestro lo había dejado deliberadamente atrás, marchándose con el
carruaje, para que pudiera escuchar de boca de aquel anciano acerca de la
asombrosa santidad y las maravillas del Baal Shem Tov.
Así comprendió que, a pesar de todas las maravillas que había visto realizar a su propio santo maestro, estas todavía no alcanzaban el nivel de las obras del santo Baal Shem Tov.
[2] Como aclaración:
hay varias cosas que una persona debe hacer para merecer recibir la influencia
de la santidad de la Tierra de Israel. La primera es alegrarse con una
alegría verdadera —no una alegría imaginaria— por haber tenido el mérito de
vivir en la Tierra de Israel.
[3] Nota: La explicación que
sigue está basada en las palabras del antiguo cabalista Rabí Menajem Azariá
de Fano, de bendita memoria (Maamar Ha’Itim, sección 20).
[4] Estas son las
palabras de nuestro maestro, el Arizal (Shaar HaGuilgulim,
Introducción 32):
«En aquel entonces, todas las almas estaban incluidas dentro de Adam,
con excepción de almas completamente nuevas, que Adam no tuvo el mérito de
contener y que nunca estuvieron incluidas en él.
»Después de que pecó con el Árbol del Conocimiento, sus miembros
fueron despojados en cada lugar por el que pasó. Es decir, todas aquellas almas
incluidas dentro de los miembros del alma de Adam se desprendieron de él cuando
pecó, y cada una descendió a las profundidades de las kelipot, de
acuerdo con el nivel que le correspondía.
»Su Néfesh, Rúaj y Neshamá de Atzilut —a los que el Zóhar, en
parashat Kedoshim (83b), denomina el resplandor supremo— no cayeron,
Dios no lo permita, dentro de las kelipot. Por el contrario, cuando pecó, los
niveles de Rúaj y Neshamá se apartaron de él y ascendieron a lo Alto.
»Sin embargo, el Néfesh de Atzilut permaneció con él, flotando
sobre él, aunque no se apartó completamente.
»Ya se explicó en enseñanzas anteriores que Janoj, después de alcanzar su Néfesh, Rúaj y Neshamá de los mundos de Asiá, Ietzirá y Beriá, también tuvo el mérito de alcanzar hasta los niveles de Neshamá de Atzilut, que se habían apartado de Adam cuando pecó».
[5] Una de las almas
que cayó a las profundidades de las kelipot fue el alma de David, rey
de Israel. Debido a que era un alma tan grande y elevada, las kelipot la
custodiaban celosamente, impidiendo que descendiera a este mundo.
[6] Del mismo modo,
todo judío que busca elevarse espiritualmente debe atravesar pruebas adecuadas
a su propia alma y a su misión espiritual.
Citando al santo Rabí Menajem Najum de Chernóbil (Meor Einaim,
parashat Vaerá):
«Toda persona debe atravesar pruebas. Incluso si recibe Divinidad en su
pensamiento, no obstante, toda persona es puesta a prueba con diez pruebas,
como dijeron nuestros Sabios acerca de Abraham (Avot 5:3): “Nuestro patriarca
Abraham fue probado con diez pruebas y superó todas”».
Todo judío, a lo largo de su vida, experimenta el modelo de estas diez
pruebas.
A veces, la prueba consiste en ser arrojado a un horno de fuego.
Para una persona, la prueba del fuego puede adoptar una forma y, para otra, una
forma completamente diferente.
A veces es la amenaza de que debe abandonar su fe o, de lo contrario,
ser literalmente quemado en el fuego. Otras veces es el fuego del ietzer
hará, la inclinación al mal, que enciende su corazón para que persiga
deseos materiales.
Y otras veces se trata de un horno de humillación: se decreta que
una persona debe soportar toda clase de vergüenzas, insultos y maltratos,
precisamente de aquellas mismas personas a quienes hizo el bien durante toda su
vida, para que de repente le den la espalda, lo desprecien y le escupan en el
rostro.
La persona debe mantenerse firme y constante ante cada prueba que se le
presente, dispuesta incluso a entregarse por la santificación del Nombre de
Dios. Debe superar el fuego del ietzer hará, la inclinación al mal,
y continuar cumpliendo su misión espiritual a pesar de las humillaciones.
Cada persona debe atravesar pruebas de acuerdo con su propia alma y
su misión espiritual, y solamente de esa manera puede crecer.
La palabra nisayón (ניסיון, «prueba»)
está relacionada con nes (נס), y nes significa también estandarte:
«Hazte una serpiente y colócala sobre un estandarte [nes]»
(Números 21:8).
Un estandarte representa elevación.
Cuando Dios desea elevar a una persona y llevarla a niveles más elevados
en los mundos superiores, lo hace por medio de las pruebas.
[7] Como afirma el
Midrash (Bereshit Rabá 51:8):
Rabí Iehudá bar Simón dijo: «Una fuente fue creada para ellas, una especie
de anticipo del Mundo Venidero, Como está escrito:
«Y sucederá en aquel día que las montañas destilarán vino dulce»
(Yoel 4:18).
[8] Esto también es
denominado Shevirat HaKelim — «la ruptura de los recipientes», tema que
ya hemos explicado extensamente anteriormente.
[9] Así lo explicó Rabí
Menajem Azariá de Fano, de bendita memoria (Maamar Ha’Itim, cap.
20). Véanse allí sus sagradas palabras.
[10] Su nombre original
era Guilit (Zóhar Jadash, Rut 96b), y después de convertirse su
nombre fue cambiado a Rut.
[11] Esta no es la
halajá verdadera, pues la Torá prohibió únicamente a los varones de
estas naciones, no a las mujeres.
Así enseña la Guemará (Ievamot 76b):
«Un amonita», pero una mujer amonita está permitida; «un moabita», pero
una mujer moabita está permitida.
Por lo tanto, Rut, que era una mujer moabita que se incorporó al
pueblo de Israel mediante el matrimonio, y todos sus descendientes, eran
indudablemente aptos para entrar en la congregación.
Sin embargo, en los días de Ishai esta halajá todavía no había sido
completamente esclarecida, e Ishai temía que quizá quedara algún vestigio
de impedimento o descalificación en su linaje.
[12] Existen nueve
formas de pensamiento o circunstancias que pueden causar una mácula espiritual
en el hijo.
Así escribe el Shulján Aruj (Oraj Jaim 240:3), sobre el
versículo:
«Y apartaré de entre vosotros a los rebeldes y a quienes se rebelan
contra Mí»
(Iejezkel/Ezequiel 20:38).
Estos son los hijos nacidos de las nueve disposiciones prohibidas:
hijos de una relación bajo coerción; hijos de una mujer que es odiada; hijos de
una relación bajo nidui —excomunión—; hijos de sustitución,
cuando el hombre piensa en otra mujer, aunque ambas sean sus esposas; hijos de
rebelión; hijos de embriaguez; hijos de un corazón que ha decidido divorciarse;
hijos de confusión; e hijos de descaro o insolencia.
Algo semejante ocurrió también, en cierto sentido, con Iaacov Avinu,
quien, como es sabido, fue enviado al mundo para rectificar el pecado de Adam
relacionado con las relaciones prohibidas.
Durante ochenta y cuatro años, Iaacov se había preservado con una
santidad suprema y una extraordinaria pureza.
Entonces llegó la noche de su boda. Iaacov estaba realizando unificaciones
espirituales sublimes —ijudim— que están más allá de la comprensión humana,
transitando senderos ocultos que nadie podía percibir y concentrando todos sus
pensamientos en Rajel, su esposa.
Pero por la mañana, he aquí que ¡era Leá!
Iaacov quedó destrozado:
«¡Durante ochenta y cuatro años preservé mi santidad, y al final tropecé
con la transgresión de engendrar un ‘hijo de sustitución’!»
Sin embargo, en verdad esto no fue considerado realmente un pecado, como se explica
en otro lugar.
[13] Para citar el Shaar
HaGuilgulim (Introducción 27):
«Debes saber también que una persona que viene en guilgul
—reencarnación— por primera vez, como un alma recién llegada, tiene grandes
dificultades para someter su ietzer hará, incluso si su alma es
sumamente elevada, porque este es el comienzo de su purificación de las
kelipot.
Esto explica lo sucedido con David, nuestro rey, la paz sea con él, el
“amado de Dios”. Pues encontramos que su inclinación lo dominó en el asunto de Bat
Sheva y también en el asunto de Avigail, lo cual resulta muy
sorprendente.
Pero según lo que hemos explicado, la razón se comprende: aquel período fue el comienzo de la salida de su alma de las profundidades de las kelipot. Esto explica también muchos de los versículos que David dijo acerca de sí mismo, como: “Me he hundido en el cieno profundo” (Tehilim 69:3), y otros semejantes».
[14]Mi venerado padre, Rabí
Yoram Abargel, de bendita memoria, relató que después de terminar de
escribir Betzur Yarum – El secreto de la realeza de la Casa de David,
fue a buscar aprobaciones rabínicas para la obra.
Cuando llegó ante Rabí Meir Brandsdorfer, de bendita memoria,
este abrió el libro para examinarlo, y ante sus ojos aparecieron unas palabras
del Rebe de Lubavitch en Hayom Yom (11 de Shevat):
«El orden del día comienza con Modé Aní, y se recita incluso
antes de lavarse las manos, con las manos impuras, porque todas las impurezas
del mundo no tienen el poder de impurificar el Modé Aní de un judío.
Puede faltarle una cosa u otra, pero el Modé Aní siempre permanece íntegro».
Cuando Rabí Meir leyó esto, su rostro se iluminó y le dijo a mi
padre:
«No necesito continuar. Solo por esta afirmación, el libro merece ser
publicado».
Mi padre continuó visitando a grandes figuras de la Torá y recibió
muchos elogios por su libro. Sin embargo,
finalmente decidió dejar el manuscrito sin publicar.
[15]El Sefer Karnáim,
del santo cabalista Rabí Aharón de Kardina, trata íntegramente acerca
del secreto de la realeza de la Casa de David y del misterio de los dos
Mashíaj:
Mashíaj descendiente de Iosef —Mashíaj ben Iosef— y Mashíaj
descendiente de David —Mashíaj ben David—.
[16] Rabí
Menajem Azariá de Fano explica (Asará Maamarot, Jikur Din,
cap. 17) el versículo:
«Y aun Shaúl, mi padre, sabe esto»
(I Shmuel 23:17).
También a Shaúl mismo le había sido revelado el
plan Divino, como él mismo testimonió diciendo:
«Y ahora, he aquí que sé que ciertamente
reinarás, y que el reino de Israel será establecido firmemente en tu mano».
(I Shmuel 24:20).
[17] Durante su huida,
David pasó por Nov, la ciudad de los cohanim, y le dijo a Ajimélej,
el Cohen Gadol, que había venido por un asunto del rey —pues David era
yerno de Shaúl, casado con su hija Mijal— y que necesitaba alimento.
Ajimélej creyó el relato de David, le dio
comida y también le entregó la espada de Goliat, a quien David había
matado. David continuó entonces su camino.
Doeg el edomita, uno de los
servidores de Shaúl, se encontraba en Nov en ese momento y vio todo lo
sucedido. Inmediatamente se levantó y fue ante Shaúl. Se acercó y le dijo:
«Mi señor el rey, ¡los cohanim se han rebelado
contra ti! ¡Le han dado alimento a tu gran enemigo!»
A causa de las palabras de Doeg, el rey
ordenó la matanza de todos los cohanim de Nov. De esta manera, Doeg
cometió un pecado extremadamente grave, tanto por delatar a los habitantes
de Nov como por participar efectivamente en su asesinato.
También Shaúl fue castigado, pagando con
su propia vida y con las vidas de tres de sus hijos. En la batalla del monte
Guilboa, murieron Shaúl, Ionatán y otros dos de sus hijos.
David también fue castigado por haber provocado
toda esta cadena de acontecimientos, como se explica en Sanhedrín 95a.
Sobre esto dice la Guemará (ibid.
104a), en nombre de Rav Iehudá, quien lo dijo en nombre de Rav:
«Si Ionatán le hubiera prestado a David dos
panes, Nov, la ciudad de los cohanim, no habría sido destruida; Doeg el edomita
no habría sido expulsado [de su porción en el Mundo Venidero], y Shaúl y sus
tres hijos no habrían muerto».
[18] Rabí Najmán de
Breslov escribe (Likutei Moharán, Kama 62:1):
«Debes saber que mediante la alimentación del pueblo judío se produce
una unión entre el Santo, Bendito Sea, y Su Shejiná, cara a cara, como dice el
versículo:
“Boaz le dijo a la hora de comer: ‘Acércate aquí’” (Rut 2:14).
Específicamente “a la hora de comer”: mediante el acto de comer,
“acércate aquí”; esta es la unión del Santo, Bendito Sea, con Su Shejiná».
Rabí Najmán nos revela que, mediante una alimentación realizada con
santidad, la persona puede literalmente merecer que la Presencia Divina repose
sobre ella.
Y como sucede con todo asunto espiritual, el mero hecho de asumir una
buena resolución y la fuerza misma del deseo de elevarse poseen un enorme
poder.
Cuando un judío anhela y desea comer con santidad, incluso si por
el momento no logra hacerlo plenamente, el propio deseo ya atrae sobre él
una gran medida de santidad.
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